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Me gusta ver algunos reality shows en la televisión, como “¡No te lo pongas!” o “Trinny and Susannah”.  Se trata de cambiar totalmente el guardarropas de alguien a quienes sus familiares y amigos creen que se viste… mal.  Es bastante común que sean mujeres que jamás han gastado en sí mismas, pero sí para sus hijos o maridos o que ayudan a otros y que se esconden detrás de ropas demasiado grandes o ridículas.
 
Es bastante sorprendente a veces lo mal que se sienten cuando se tienen que ocupar de sí mismas, alejadas de todos.  Se niegan a gastar ¡tanto! en un tapado o en un par de zapatos.  En el fondo, se consideran feas, muy gordas o muy flacas, poca cosa, se han olvidado de sí mismas (si alguna vez se consideraron).  Algunas tapan esto con actitudes extravagantes o serviciales pero, al final, terminan dándose cuenta de su poca autoestima, de la necesidad de estar tras de los demás para ser alguien. 
 
Con el enorme cambio producido (no sólo externamente sino internamente), vuelven a sus casas y se encuentran con que los otros las aprecian más en esa nueva actitud que como estaban antes.  Esa es la paradoja de muchos (de las mujeres en especial): creen que son más valorados cuanto más se sacrifican, pero en realidad es al revés.
 
¿Por qué?  Porque esa actitud es una carga para los demás: tenemos que hacer felices a mamá porque ella se sacrifica por nosotros.  Ella no es feliz sola, ella no es nadie sin nosotros, ella da tanto que uno no puede compensar eso jamás, ella… nos carga de culpas…
 
Invariablemente, hay una cuota de resentimiento de las dos partes en esto.  De una, porque se pone a un lado, porque no tiene vida propia, porque no es reconocida.  De la otra, porque siente ese reclamo (expresado o no).
 
Por otro lado, esto encubre algo más profundo: una parte evita conocerse, ocuparse de su propio bienestar, saber qué otras posibilidades tiene.  La otra, evita crecer, hacerse responsable de su vida.  Las dos tienen un acuerdo tácito de mantener ese estado, sin desarrollar el verdadero potencial que traen.
 
¿Las mujeres “modernas” se salvan de esto?  No.  Más bien están más cargadas todavía.  El otro día, escuchaba la publicidad de una revista para “la mujer que era perfecta en todo: hermosa, excelente profesional, madre genial, esposa cariñosa, etc., etc.”.  ¡Mi Dios!, pensé, ¿alguna otra exigencia?  Tironeadas por sus propias demandas, las de sus hijos, las del trabajo, las de sus maridos, terminan abrumadas, cansadas, irritables. 
 
¿Y los hombres?  ¿La sacan mejor?  No.  Su viejo de rol de “proveedor” está más difícil y exigido que nunca.  Además, los cambios en las mujeres han puesto en entredicho mucho de sus ideas y acciones y les cuesta encontrar una nueva posición.
 
Hombres y mujeres están agobiados y oprimidos por antiguos y nuevos imperativos, con la imposición de que “deben ser perfectos”.  El Ego se mata con este tema, ya siempre se siente inadecuado, inacabado, desacertado, por lo que no puede percibir que YA somos perfectos e íntegros.
 
Como comentaba en el anterior Boletín, no es cuestión de correr detrás de las quimeras que la sociedad vende.  Más bien, se trata de frenar y replantearse quién es uno, qué quiere, cómo lo quiere, con quién desea compartirlo, para qué está aquí.  En fin, las grandes preguntas de siempre, que no conviene mucho reflotar porque, de lo contrario, saltarían las tontas y pobres pretensiones de estos tiempos, vestidas de Versace.
 
Como nunca, asistimos al embrutecimiento de las masas a través del entretenimiento (como escribí en “Discriminando” en el blog).  Nos cuesta horrores  estar en silencio, solos, escuchándonos.  Inmediatamente, crece el miedo, el vacío, los planteamientos, los sueños irrealizados, las recriminaciones. 
 
Confiar en nosotros mismos y en la Vida es una respuesta.  Una renuente respuesta al principio, ya que no estamos habituados.  Como mucho, después de leer material de autoayuda, confiamos en ser “positivos”.  Algo es algo, pero en el fondo no es más que lo mismo disfrazado. 
 
Confiar es abrazar la vida con todo lo que tiene.  Es saber que puedes con cualquier cosa, porque tú has creado esa cosa.  Es entregarte al fluir.  Es creer que todo es para tu propio bien y de la totalidad.  Es rendirte a la magia del presente, a este instante fugaz y eterno.  Es aceptarte y amarte.  Ya.

Un artículo publicado en Abrazar la Vida

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Un viajero muy cansado se sienta bajo la sombra de un árbol sin imaginarse que iba a encontrar un árbol mágico,  ‘El Árbol que convierte en realidad los deseos’.

Sentado sobre la tierra dura, el pensaba que sería muy agradable encontrarse una cama mullida. Al momento, esta cama apareció al lado suyo. Asombrado el hombre se instaló y dijo que el colmo de la dicha sería alcanzado, si una joven viniera y masajeara sus piernas tullidas.  La joven apareció y lo masajeó de una manera muy agradable

– Tengo hambre, -dice el hombre,- y comer en este momento sería con seguridad, una delicia. Una mesa surgió, cargada con alimentos suculentos. El hombre se alegra. Come y bebe. Su cabeza se inclina un poco. Sus párpados, por la acción del vino y la fatiga, se cierran. Se dejó caer a lo largo de la cama y pensaba ahora en los maravillosos eventos de este extraordinariodía.

– Voy a dormir una hora o dos -se dice él-. Lo peor sería que un tigre pasara por aquí mientras duermo. Un tigre aparece enseguida y lo devora.

 Usted tiene en si mismo un Árbol de deseos que espera sus órdenes. Pero cuidado, el también puede realizar sus pensamientos negativos y sus temores. Puede contaminarse de ellos y bloquearse. Este es el mecanismo de las preocupaciones.

Yo le deseo, de todo corazón, una vida libre de preocupaciones, de pensamientos negativos y temores, a la sombra de su propio Árbol de los Deseos!.

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