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El ritmo de vida actual nos obliga a mantenernos activos, agitados y muchas veces en tensión. Y es que todo se mueve muy deprisa y nosotros nos tenemos que acoplar a este movimiento, lo que muchas veces nos produce estrés.

El estrés es consecuencia de una presión psicológica frente a situaciones de presión a las que nos podemos hacer frente o que nos desbordan. Cuando estamos estresados nuestra presión arterial aumenta y con ella el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares.

Uno de los principales causantes del estrés es nuestro trabajo, y es que una actividad laboral desbordante, con presión y por encima de nuestras posibilidades puede producir un incremento de nuestra presión arterial. Pero este estrés derivado en muchos casos del trabajo puede traer consigo otro tipo de afecciones como trastornos gastrointestinales, respiratorios, musculares o dermatológicos.

Está demostrado que los individuos que tienen trabajos más relajados sufren menos enfermedades cardiovasculares que aquellos que tienen actividades estresantes. Y es que la forma en la que nos sentimos tiene mucho que ver, pues si estamos tranquilos psicológicamente disminuiremos el riesgo de padecer anomalías cardiovasculares.

Además del estado de ánimo, en el que tenemos que hacer hincapié y debemos recurrir a técnicas de relajación; es importante seguir una dieta correcta, debemos practicar ejercicio, mantener una actitud positiva frente a los problemas, organizar bien nuestro tiempo y tomarnos las cosas con calma para evitar situaciones críticas.

Ante todo es importante la prevención para evitar futuras enfermedades del sistema cardiovascular, y es que si vivimos situaciones de estrés a lo largo de nuestra jornada es aconsejable controlar la presión arterial y los niveles de colesterol y triglicéridos en sangre a través de análisis periódicos. Aunque es importante realizar actividades relajantes que nos hagan olvidar las situaciones de estrés.

Un artículo publicado en Vitónica

Con tan sólo 12 años, la hondureña Keren Dunaway centró hace algunos días la atención de los asistentes a la XVII Conferencia Internacional sobre el Sida, que se clausura hoy en México. Entre ellos, varios líderes mundiales escucharon a la pequeña mientras defendía los derechos de millones de niños y niñas que, como ella, son portadores del VIH. “También queremos casarnos y tener hijos”, defendió durante el acto de inauguración. Como ella, otros menores alzan cada día su voz, con más o menos suerte, para que se escuchen sus reivindicaciones y les den una solución. “Ynisiquieralloré” es un ejemplo, un altavoz literario a través del cual otras niñas y adolescentes latinoamericanas cuentan “su experiencia viviendo con VIH/Sida”.

Tenía cinco años cuando sus padres le contaron que era portadora del VIH, un momento crucial en su vida que le sirvió para decidir consagrarla a ayudar a otros niños. Hoy, Keren Dunaway ha cumplido los 12 y es la imagen de la esperanza. Fue elegida para participar en la inauguración de la XVII Conferencia Internacional sobre el Sida ante cientos de invitados y líderes mundiales. Está considerada una de las activistas más jóvenes en la lucha contra el sida en América Latina y edita una revista infantil sobre el virus: “Llavecitas”. Junto a sus padres, forma parte de la Fundación Llanto, Valor y Esfuerzo (Llaves), una organización sin ánimo de lucro que trabaja a favor de la prevención, la atención y la información a personas con VIH/Sida.

Keren Dunaway es una, pero hay más. En concreto, otros 2,5 millones de menores en todo el mundo que viven con el VIH. Unos 420.000 se infectaron el año pasado. Según datos de Onusida, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida, el número estimado de personas infectadas alcanzó en 2007 los 33,2 millones. La última edición del documento “Situación de la epidemia de sida” indica que este dato supone un descenso del 16% con respecto a la cifra estimada en 2006. No obstante, el informe advierte de que “la principal razón individual de esta reducción fue el ejercicio intensivo de evaluar la epidemia del VIH en India, que provocó una importante revisión de las estimaciones de ese país”. También contribuyeron las revisiones en otras regiones, en especial, de África subsahariana, donde viven, aproximadamente, el 90% de los menores seropositivos.

En cuanto al número de personas infectadas, de los 33,2 millones, 15,4 millones son mujeres, mientras que 2,5 millones son menores de 15 años. Por regiones, las cifras más altas se registran en África subsahariana (22,5 millones), Asia meridional y sudoriental (4 millones), América Latina (1,6 millones) y Caribe (230.000). Estas cifras detectan “aumentos similares” en el número de nuevas infecciones en hombres y mujeres, según Onusida, aunque numerosas organizaciones revelan una feminización progresiva de la epidemia.

Las voces de las niñas y adolescentes

¿Cómo reacciona una persona cuando descubre que es portadora del VIH? A veces, no se sabe hasta que no se pasa por esa situación. Por si ayuda, niñas y adolescentes latinoamericanas se han unido para contar su experiencia y su modo de afrontar el día a día desde entonces. El resultado se titula “Ynisiquieralloré”, un trabajo conjunto de Unicef e ICW Latina. En él se concentran “la voz, los sueños, las visiones y los miedos” de menores de distintos países, que constituyen un ejemplo en todo el mundo “por haber asumido un liderazgo público en la respuesta a la epidemia, superando los prejuicios y los tabúes que la rodean”, asegura el director regional de Unicef para América Latina y el Caribe, Nils Kastberg, en la introducción del libro.

Así es como reaccionó la mayoría tras la noticia. Sin lágrimas. “Supe mi diagnóstico cuando tenía nueve años, hace poquito. Ya tengo tres años de tomar la medicina. Tomo pastillas. La de las siete es bien pequeñita, la de las ocho es grande, las tomo con agua. Me lo dijo una doctora. Yo no me asusté. Y ni siquiera lloré”. Es el testimonio de Candela, una pequeña de El Salvador. Su historia es similar a la de otras niñas y adolescentes de Argentina, Bolivia, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Perú, Uruguay y Panamá, que aportan su testimonio en el libro.

Todas tienen entre nueve y dieciocho años y recuerdan el rechazo que recibieron en la escuela donde, se quejan, a menudo se evita hablar de qué es el sida. “Por eso, yo voy a charlas para conocer más y enseñarles a otras personas”, subraya Angelical. Página a página, las pequeñas desmenuzan una etapa de sus vidas salpicada de miedos, insultos y soledad. “Hartas veces me han hecho no querer jugar conmigo”, recuerda Fernanda. La propia Keren, convertida hoy en un símbolo, escribe: “Había unos chicos que me decían sidosa”.

Un artículo de Azucena García

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