Continuación del artículo anterior….

Mi amigo lo siguió con la mirada hasta que ingresó al casino. Al momento recordó que dicho lugar tenía dos accesos, el de esa calle y el de la avenida. Pasaron cinco minutos. Diez… Oh, oh, oh, no, no puede ser. Desencuentros cercanos del peor tipo. ¿Entraría al excusado ese “avispado”? Mi amigo se llevó la mano a la cabeza y se rascó detrás de la oreja. Caminó hasta el casino, entró y echó un vistazo. Abracadabra, simsalabim… Los 50 mil y su nuevo dueño se habían esfumado.

Regresó hasta el portón del edificio y en aquel momento apareció Belisario, uno de sus vecinos. Mi amigo, resoplante y malhumorado, le relató lo que acababa de suceder. Belisario lo escuchó, sonrió discretamente, le puso la mano en el hombro y le dijo: Estimado vecino, qué le vamos a hacer. Por esta vez, ese sinvergüencita tuvo suerte. Seguro oprimió los botones de todos los citófonos y alguien le abrió la puerta. Quería rondar, ver qué conseguía y se topó con tu generosidad. La verdad, perdiste poco, pero a la vez, creo que perdiste mucho…

Magnífica paradoja. Triste y cotidiana realidad. Por aquello del efecto mariposa, todos perdemos o ganamos, poco o mucho, en el ejercicio del libre albedrío de un gobernante provocador y megalómano, de un funcionario estatal corrupto y negligente, de un Warren Buffett o de un niño de la calle que comparte un mendrugo de pan con su querido perro. Aquel día, por desgracia, a mi amigo se le empedraron algunos gramos de corazón. Y si esa funesta experiencia se repite una y otra vez, si se multiplica por doquiera, como ocurre en muchas sociedades, en muchos ambientes, y hasta en la convivencia familiar, grandes virtudes correrán a esconderse en lo profundo del corazón de los desencantados. Cundirán, irremediablemente, el escepticismo, el egoísmo y el cinismo.

Luego de relatarme aquella pequeña gran decepción, medité un buen rato en ese P&G de la conducta humana, en todo lo que significa perder y recobrar ese supremo bien, ese supremo valor que llamamos confianza. En todo lugar y en cualquier época, todos esperamos que suceda algo, que se haga algo, que se resuelva algo, que se responda por algo. Todos los días amanece, y siempre esperamos la luz después de la oscuridad. Siempre llueve sobre justos e injustos, y esperamos que así continúe sucediendo. Siempre, a pesar de todo, confiamos, pero a la vez queremos confiar mucho más en las decisiones del otro, en el poder y la autoridad del otro, en la voluntad y el empeño del otro. ¿Quién era Rowan, el personaje central de la famosísima Carta a García? ¿Quién era este paradigma tan citado y tan leído en las charlas sobre crecimiento personal, liderazgo, proactividad, alto rendimiento en el trabajo en equipo, capacidad de respuesta a las circunstancias adversas y tantos otros tópicos que se trabajan hoy día en los foros, en los simposios y en las actividades de capacitación empresarial? ¿Por qué le fue delegada una tarea ardua, azarosa y casi imposible de cumplir? Porque Rowan era, ante todo, una persona confiable.

Bonita esa tarea de construir y desarrollar el supremo valor de la confianza en nuestras organizaciones, de ganar y ofrecer confianza en nuestro entorno laboral. Y como la fábula de la avispa y las abejas quedó en suspenso, con mucho gusto les regalo el final:

Volaron un buen rato, y al fin, el premio. Una buganvilla muy crecida, hermosa y medio oculta, repleta de flores bermellonas, repleta de jugos exquisitos. Las felices y algarabiadas abejas no lo podían creer. La avispa amarilla recibió hurras y vivas, besos, abrazos y afectos. Y esto no es nada, mis queridas —les dijo; vamos, vamos ahora mismo a la gruta del Valle Nuevo. Tenemos que entrar por un agujero estrecho, pero más allá, ¡ahhhh!, ni se lo imaginan, la delicia de las delicias. Verán, son tantas y tan inmensas las flores que el néctar se derrama y forma un arroyuelo…

Y así, entre halagos y empalagos, las fue conduciendo hasta el agujero. Frotábase las patas en el aire, diciéndose una y otra vez en sus adentros: Si me vieran esas taradas, esas ingenuas compañeras mías… ¡Este sí que es todo un récord!

¡Llegamos, amigas, véanlo, allí está! Y cuando la última de las abejas había entrado al agujero, la avispa estalló en risas, revoló feliz, cargó una piedrecilla, y otra, y otra, y taponó el frío y musgoso acceso. ¡Son mías, mías todas! ¡Comeré y me saciaré, y hasta sobrados les dejaré a mis congéneres bobas!

De pronto, la avispa sintió zumbidos a su espalda. Tres abejonas corpulentas, ya mayores, cercaron a la insidiosa avispa y le dijeron: Hasta el último momento fuiste aprovechada. Pues despídete ahora mismo de tu suerte y de tu vida. Fuiste avispa a tu llegada, y serás avispa en tu partida.

Un artículo de Juan Carlos Diez Posada

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