Continuación del artículo anterior….

Cierto día, un buen amigo, agrónomo de profesión, me llamó y me contó algo que acababa de sucederle, algo que me inspiró esta fábula de la avispa amarilla, cazadora de abejas. Mi amigo estaba perplejo, dolido, con la ira atravesada en la garganta. Era un sábado en la noche. Horas antes había ido al supermercado. Llegó a su edificio de apartamentos y observó que un muchacho, cabizbajo, tenía un brazo apoyado en la pared donde se hallaba el tablero de citófonos. Mi amigo descendió al sótano, estacionó su auto y descargó las bolsas con los víveres de la quincena. Oprimió el botón del ascensor y al cabo de un par de minutos se dio cuenta de que el elevador estaba fuera de servicio. Tomó unas cuantas bolsas y subió por las escaleras hasta el primer piso.

Al llegar allí vio al hombre joven, parado frente a la puerta de un apartamento. Mi amigo lo miró, lo saludó y descargó las bolsas en el suelo. Regresó al sótano y recogió las bolsas restantes. Cuando las descargó, el hombre joven se dirigió a él. Le contó que estaba buscando a alguien del apartamento 101, alguien que lo había contratado alguna vez en la central mayorista de abarrotes. Trató de extenderse en detalles, pero mi amigo lo atajó y le dijo: Hágame un gran favor. Ayúdeme con estas bolsas. Sígame y luego termina de contarme su historia. El joven accedió y lo acompañó hasta el quinto piso.

Juntos bajaron hasta la puerta de entrada del edificio. Mi amigo se cruzó de brazos e instó al hombre joven a contarle sus cuitas. El joven, algo tímido, delgado, de bigotito ralo y poca instrucción, estaba desempleado y desesperado. Entre quejas, suspiros y lagrimeos, le dijo que estaba dispuesto a realizar cualquier oficio, el que fuera, con tal de salir de apuros. Mi amigo le explicó que, en aquellas circunstancias, no podía prometerle nada, que nada sabía de él, pero que quizá un amigo suyo podría darle empleo justamente en la central mayorista de abarrotes. Mi amigo le copió su número telefónico y le pidió que se comunicara con él la semana siguiente. Antes de retirarse, el joven le dijo que había caminado más de cincuenta calles para llegar hasta allí y que ya no tenía dinero para regresar a su casa, situada en una población más allá del área metropolitana.

Mi amigo se quedó pensativo, lo miró de pies a cabeza y le dijo: Bueno, le debo una propina por haberme ayudado con las bolsas del mercado, pero… Aquí solo tengo un billete de 50 mil (unos veintiocho dólares al cambio actual). Hagamos un trato. Voy a darle 5 mil pesos. Tome el billete, vaya hasta aquel casino de la esquina y me trae el cambio, que aquí lo espero. Ah, y una cosa más. Recuerde que no tengo idea de quién es usted. Voy a creer en cada una de sus palabras y espero que me demuestre que usted es de fiar, que en realidad se merece una oportunidad… ¡Por Dios, cómo se le ocurre decir eso! Ahora mismito regreso, repuso el mocete entre aspavientos.

Continúa en el artículo siguiente….

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