Cierto día, al despuntar el alba, una joven y vigorosa avispa amarilla se dispuso, como era habitual, a salir en busca de una jugosa abeja, su presa favorita. Mientras afilaba sus mandíbulas y se acicalaba, sus compañeras la rodearon y comenzaron a cuchichear entre sí. Sentían gran admiración por ella, pues rara vez regresaba al panal con el estómago vacío, pero al mismo tiempo le temían, porque era jactanciosa, ruda y pendenciera.

Anda, compañera, ten un poco de consideración con nosotras y dinos cuál es tu secreto, le dijeron. Vamos, dinos qué deberíamos hacer para alimentarnos tan bien como tú… ¡Ciegas y tontas!, les gritó la ríspida y engreída. ¡Torpes e ingenuas! ¿Acaso no se han dado cuenta de que las abejas y nosotras, las avispas amarillas, somos casi idénticas? ¿Nunca han reparado en eso? Ya que tanto insisten, ese es el secreto, y claro —dijo frotándose las patas y exhibiendo una mueca burlesca— mi audacia y mi ingenio. Nunca temo acercármeles a tres o a cuatro abejas, y hasta a doce, si es del caso. He aprendido a volar como ellas, a saludar como ellas, a ser como ellas. Impregno mi lengua de néctares deliciosos y les digo: Ea, queridas amigas mías, síganme, síganme que allí donde yo voy abunda el alimento. Y las abejas me siguen, por supuesto, y las conduzco a un agujero, y las encierro, y las debilito, y luego mmmmm, banqueteo.

Ese es uno de mis trucos favoritos, y bueno, ya es suficiente por hoy, ¡invéntense los suyos y hasta luego! Entonces la avispa soltó una risotada maliciosa y emprendió el vuelo.

Al cabo de media hora, una ráfaga de viento la desvió bruscamente hacia la dura corteza de un árbol, chocó, cayó al suelo y perdió el conocimiento. Cuando despertó, observó que tres abejas revoloteaban alrededor de unas hermosas y fragantes flores amarillas. Intentó unírseles, pero tenía tres patas rotas y un tremendo mareo. Apenas pudo alzar la voz para llamar su atención. Amigas, amigas, aquí, aquí abajo, socórranme o me muero… Las abejas descendieron y comprobaron que la pobre moriría si no recibía auxilio. Entre las tres la sujetaron y la transportaron hasta el panal lo más pronto que pudieron.

Una vez allí, la avispa recibió todo tipo de atenciones y cuidados. Tendrás que permanecer no menos de tres semanas aquí, y luego podrás regresar a tu panal… Y a propósito, ¿tu panal está muy lejos?, le preguntaron sus benefactoras. Esteee, no, queridas, no, la verdad no está muy lejos. Queda cerca de la Colina del Arco Iris, allí donde cantan las cascadas y donde los peces plateados saltan y juegan todo el día. Los árboles son tan altos que les hacen cosquillas a las nubes y las hacen llorar de la risa, y… y…

Las tres abejas obreras se sentían orgullosas de su buena obra, hasta que un buen día un grupo de abejas adultas, muy mayores, se acercaron y les dijeron: Abejas bienhechoras, cuidado, no es una abeja en desgracia a la que cuidan, es una avispa solapada, artera y maliciosa. ¡Se equivocan, es abeja, es abeja!, respondieron en coro, indignadas. Es amable, cariñosa y nos cuenta mil cuentos; su lengua trae dulcísimas esencias que muy pronto probaremos. Advertidas están —replicaron las mayores; dejen que se cure y ya veremos.

Sanó la avispa y, en una espléndida mañana, dijo: Ustedes, mis tres auxiliadoras, y todas aquellas que quieran seguirme, vengan conmigo. Prometo pagarles los favores con dulzuras exquisitas, con flores por montones. Y así, tras la avispa, volaron sus tres amigas bienhechoras, y otras veinticuatro abejas, hambrientas, revoltosas y muy jóvenes…

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